El silencio de la madrugada: la vida cotidiana y familiar de un ordeño

Por: Natalia Botero

Alejandro y Ester trabajan como ordeñadores y administradores de fincas casi desde la infancia. Todas las mañanas deben levantarse a cumplir con un ciclo: es la primera fase del largo trayecto que tiene que recorrer la leche hasta un vaso.

Son las 3:20 de la mañana en la finca La Aurora y hasta los tres perros de Alejandro y Ester –Lucas, Tomás y Tontón- están dormidos. Apenas nota mi presencia, Tomás se sobresalta y comienza a ladrar. Lucas, por el contrario, bosteza, se me acerca y me saluda. Soy una persona conocida dentro de este entorno. Sin embargo, las luces dentro de la casa permanecen apagadas. A las 3:30 se enciende el primer bombillo: el del establo, que está justo al lado de la casa. La puerta se abre y Alejandro se sorprende de verme allí, de ver que efectivamente madrugué. Mientras que yo me visto con una chaqueta gruesa, una bufanda y un pasamontañas grueso, ya que vivimos entre las montañas, en una finca en La Calera, Alejandro se pone su overol yun gorro para llevar a cabo la necesaria labor de todos los días: ordeñar las vacas de la finca.

La actividad a esta hora de la mañana se lleva a cabo en silencio. Ester aún no ha salido de la casa, ella se prepara y se viste con más sacos para aguantar el frío. Alejandro, mientras tanto, pone concentrado en los comederos de las seis primeras vacas que entran al ordeño: aquellas que están en el mayor ciclo productivo de su lactancia y dan alrededor de 29 litros por día, y aquellas que, por decirlo así, dominan el hato, son las matronas de la manada y deben comer primero. Alejandro remoja con agua fría y con sus manos el palmiste, que parece salvado de trigo triturado,  que todas las vacas deben comer. Luego enciende el radio, una grabadora vieja que está sobre los costales de concentrado y que nunca ha cambiado de estación: Olímpica Stereo. La música es fundamental: a las vacas les gusta oírla, según me dice Alejandro, porque las tranquiliza. En menos de diez minutos todo el material está listo para comenzar. Las cantinas están en su lugar, así como las pezoneras, las mangueras y pulsadores. Mientras Alejandro va por el hato, que esta mañana cuenta con treinta y seis vacas, Ester verifica que todo esté en su lugar. “Lo más bonito es verlas a todas llegar así, en fila, desde el potrero”, me dice. A lo lejos, se siente caminar el ganado, pues aún está demasiado oscuro para poderlas ver. Se oyen también los silbidos de Alejandro. Luego el hato aparece entre la bruma y la neblina, llevando un paso calmado, casi somnoliento, rumiando aún bocados de pasto. Ester se hace en la puerta para evitar que algunas vacas golosas entren a robar el concentrado, pero las seis primeras –Lucy, Micaela, Poeta, Ruth, Fresa y Chela- conocen cuál es su lugar. Algunas veces el hato se exalta al ver que una de las vacas que debe ir hacia el corral entra primero y toma el puesto de Lucy.

Ella entra luego bufando y saca a la vaca intrusa a topetones del establo. Pero esto no ocurre esta mañana. Hoy entraron todas en silencio, animadas por la voz de Alejandro y Ester que les dicen: “¡Háganle, brujas! ¡A ver, niñas!”.

En el corral, algunas vacas tosen, otras se resbalan al entrar y causan desorden. Pero en los seis puestos principales ya hay calma: mueven sus colas largas al comer, de un lado para otro. El ritmo de trabajo de la madrugada lo comienza a dar el equipo de ordeño. Alejandro lo enciende al chocar unos cables y oprimir un interruptor: la luz en el establo se hace más tenue y los pulsadores comienzan a succionar aire al ritmo del reloj, las pezoneras bailan de un lado para otro y los chorros de leche van al son del reloj cayendo dentro de las cantinas vacías. Son las 3:50 y se ha dado inicio a la música en el establo. Alejandro y Ester trabajan en silencio, lo que hace aún más familiar y cercano su contacto con las vacas.

Alejandro ordeña desde los ocho años de edad, hace treinta años. En una finca en Faca, donde trabajaba su mamá. Le dejaban para practicar las vacas con menos leche y con las tetas más blanditas. Ester, al contrario, aprendió a ordeñar desde que se casó con Alejandro, a los veintiséis años. En Fontibón, en uno de sus primeros trabajos, debían ordeñar a mano alrededor de veinte vacas. “Se me hinchaban las manos y no podía ni moverlas. No había ninguna crema que me quitara ese dolor”, me decía Ester.

Desde aquel entonces que trabajan juntos, han enseñado a las vacas a entrar a sus puestos llamándolas por su nombre, en las fincas pequeñas y familiares. No fue así en una finca en Mosquera, donde junto a otros trabajadores debían ordeñar a ciento cincuenta vacas. El equipo de ordeño era sistematizado: ellos sólo debían acomodar las pezoneras en la ubre de la vaca. El equipo de ordeño se limpiaba solo y también el tanque de enfriamiento. En esta finca, en La Aurora, el trato es más cercano.

Alejandro y Ester también las reconocen por su ubre. Pero en esta finca todas llevan un nombre, y en algunos casos un apodo, como es el caso de Florinda o “La torcida”. Sólo se desarrollaron dos cuartos de su ubre, así que dos de sus pezones están caídos.

Tres de las primeras seis vacas ya han salido hacia el potrero, así que Alejandro abre el corral y grita: “¡Cereza, Candelaria, Silvia!”.

Entre el montón blanco con negro, donde no se puede apreciar bien dónde comienza y termina una vaca, que más bien parece una mancha uniforme, una familia, se empiezan a mover las tres vacas, a buscar un espacio para salir del corral hacia donde está Alejandro.

Ninfa es una de las novatas, una novilla de primer parto que entró al hato hace unos quince días. Ester le prepara un balde con concentrado y Alejandro entra al corral con un lazo, la llama, luego la enlaza y la llevan juntos, atraída por el concentrado, hasta su lugar. Ester ha escogido a Ninfa como una de sus vacas. Le “manea” con cuidado las patas con una cuerda, luego le amarra la cola para que al moverla no le golpee la cara. Antes de ponerle las pezoneras, le consiente una pierna y le rasca la ubre, “para que suelte bien la leche”.   Ninfa se acomoda, busca su posición y comienza su ordeño.

De repente se oye una extraña pelea entre Alejandro y Ruth. Ester y yo no entendemos lo que dice Alejandro, pero al parecer la vaca sí comprende e intenta lanzar una patada. Alejandro la regaña más fuerte, pero una vez más las palabras son incomprensibles. Ester me explica que Alejandro la regaña porque Ruth no suelta bien la leche y cuando él le quita las pezoneras para escurrirla y remojarle los pezones con sellante, ella aún tiene algunos cuartos de su ubre llenos. Si una vaca no queda bien ordeñada puede “mastitearse”. Se forman coágulos de leche dentro de su ubre que pueden infectarla. Es por esta razón que ordeñar las vacas dos veces al día es primordial. Sin embargo, se resuelve la disputa. Alejandro le grita: “¡Ole, bruja!” y Ruth, al salir, mueve sus caderas de un lado a otro empujando a las vacas vecinas. El trato es muy familiar y cualquier visitante que llegue a un ordeño sin ser conocido por las vacas, lo mejor que puede hacer es lograr pasar desapercibido y escuchar cómo la música y sonidos propios del establo crean un vínculo entre animales y humanos.

Así como cada una responde a su nombre, Alejandro y Ester también las han acostumbrado a defecar en el corral, no en los puestos de ordeño. A veces, la vaca tiene que esperar dentro del corral, prevenida por el grito de “¡Ole, cochina!”. La vaca entra a ocupar su puesto, a compartir junto a sus compañeras mientras las pezoneras bailan de un lado para otro. En los comederos, Ester distribuye a cada una la cantidad de concentrado según su etapa de la lactancia. Las vacas que llevan la más alta producción comen seis kilos de concentrado al día, palmiste y sal. Cada una, cuando ingresa a su lugar espera con ansias a que Ester se asome por el corredor y cuando ella llena una medida, la siguen las seis con la mirada esperando que alguna de ellas sea la favorecida. Después todas bajan sus cabezas y continúan comiendo, lamiendo la sal que otras vacas dejaron o los restos de concentrado, mientras esperan su porción.

El gallo que está en su corral cerca al establo es infalible: al cantar, dan las cinco de la mañana, y aún no ha amanecido. La tarea sigue desarrollándose en silencio y, una tras otra, las vacas siguen pasando a ocupar su puesto de ordeño. Alejandro lleva en silencio y levantando con poco esfuerzo las cantinas llenas de leche. Esta mañana suma varios litros al tanque, para completar los quinientos cincuenta litros que entregará, cuando ya haya salido el sol, a Colanta. A las 5:20 de la mañana sale la última vaca, la de menor producción, junto con otras tres que están finalizando su lactancia: Andina, Natacha y Cecilia. Alejandro se despide, apaga el equipo de ordeño y sale a darles leche a las terneras, que lo llaman con bramidos cerca del establo, para luego darles un corte de pasto a las vacas, que lo esperan de nuevo en el potrero. Ester recoge los pulsadores, las mangueras, pezoneras y cantinas y las lleva al cuarto del equipo de ordeño para lavarlas con cepillo, jabón y desinfectante.

 La mañana aún promete más actividades para los dos: alistar a su hijo Johnny para el colegio, preparar sus comidas, arreglar la casa, raspar algunos potreros con el tractor, recorrer la finca revisando que todos los animales tengan agua y pasto suficientes, atender el parto que se presente de una vaca. En fin, la finca es un reloj que se mueve para cumplir con el ordeño de la mañana y de la tarde, al ritmo de los pulsadores y de la música en la radio, en un entorno familiar, silencioso y acogedor. A esta hora de la madrugada, la aurora aún no despunta y la vereda parece estar dormida.

Imagen recuperada de http://ala-liberacionanimal.org/1113/las-vacas-y-sus-caracteristicas/