Inmunidad colombiana

Por: Jonathan Jose Erlich Lopez

El problema no son las situaciones, sino acostumbrarnos a ellas, y en eso hemos demostrado ser excepcionalmente buenos los colombianos. Hemos aprendido a vivir rodeados de situaciones atroces, que son una buena representación de la desgracia humana. Creo que por el simple hecho de haber nacido en Colombia nos volvemos inmunes a estas circunstancias, tan tristes y dolorosas.

Hace un tiempo, un día cualquiera, entré a un supermercado, y como de costumbre, a la entrada se hallaban un par de niños y sus madres pidiendo limosna. Uno de ellos, de aproximadamente cinco años, se acercó al cajero automático ubicado dentro del almacén, e ingenuamente, empezó a oprimir botones, esperando que, como toda la gente que veía, él también pudiera recibir algunos billetes, los cuales, como por arte de magia, les arreglarían el día o, tal vez la semana, a él y a su familia. Pero, segundos después, el guardia lo hizo salir, y con eso se esfumó su esperanza. Mucha gente vio el episodio, no obstante, a nadie pareció importarle, pues a fin de cuentas estamos acostumbrados a la pobreza, a los desplazados, a la violencia, a las drogas…

No permitamos que la mediocridad de nuestros gobernantes nos contagie, si es que eso ya no ha sucedido, ni perdamos nuestra capacidad crítica ante lo que está mal, ante lo que no se puede permitir.

Quiero proponer una idea, que con la fuerza de un pueblo se puede volver realidad: la legalización del aborto. En su libro Freakonomics, Steven Levitt expone de manera excepcional cómo en los Estados Unidos la legalización del aborto tuvo gran impacto en la reducción del crimen veinte años después, en el transcurso de los cuales no nacieron muchos niños que hubiesen tenido más probabilidad de convertirse en criminales. Puede que suene fuerte, pero es verdad. En esos veinte años, en hogares inestables o en ambientes no aptos, dejaron de venir al mundo niños cuyo destino probablemente hubiera sido la comisión de delitos.

Imagino la reacción de muchos al leer esto, indignados por mi falta de moral, por mi brusquedad ante la vida. Al fin y al cabo, estamos en un país donde reina la moral, la ética y la honestidad, por eso, nuestro Presidente es el creador de los incentivos más maquiavélicos de las últimas épocas. De los que resultaron muchas situaciones como las que describí al comienzo.