Addiction

Por: Juan Vicente Rodríguez

¿De pronto es porque vivo en Colombia, o porque no me la paso viendo Fox News o CNN que jamás he escuchado de la captura de un big boss del narcotráfico gringo? Por lo menos una vez al mes resuena en todos los medios la captura de un gran capo mejicano o colombiano, al que invariablemente le dan el titulo del que fuera el heredero del negocio. ¿Pero cuando han cogido a un ciudadano americano por dirigir una red de narcotráfico? El norteamericano es de las personas más productivas del mundo; Estados Unidos tienen varios premios nobeles en todas las áreas; sus universidades son las mejores; sus compañías son las más grandes. Por eso es difícil creer, no que digo, es estúpido pensar, que los dueños del negocio no sean americanos. Pero eso no importa; quien es el dueño es lo de menos.

En microeconomía se aprende que algunas veces el gobierno puede intervenir en el mercado y ayudar a alcanzar un óptimo social, pero que en otras, la mayoría, la intervención del gobierno, con impuestos, subsidios y tarifas, causa más problemas de los que soluciona. Estas intervenciones desafortunadas son motivadas en ocasiones por buenas intenciones ignorantes de los principios de la economía, por maniobras políticas despreocupadas de los mismos principios, o más importante, por presiones de sectores bien organizados y poderosos que no solo conocen bien los principios económicos, sino que los manipulan. A través de lobistas con presupuestos increíbles se ponen impuestos, se quitan, se crean subsidios, se alzan tarifas y se establecen cuotas. También, en casos extremos, se prohíben sustancias. En otras palabras, se distorsiona el mercado para el beneficio de unos pocos.

Si existen lobistas de farmacéuticas y petroleras que pululan el congreso americano, ¿qué les hace pensar que entre esa horda de talentosos ejecutivos no existen los lobistas del narcotráfico?

Imagínense por un momento el negocio tan monumental que presenta el tráfico ilegal de drogas para Estados Unidos. Un kilo de coca puede conseguirse por dos mil dólares o menos en Colombia, Perú o Bolivia; a un kilometro de la costa norteamericana, o a 20 minutos en avión, ese kilo cuesta cinco mil dólares; en las calles de una ciudad, ese kilo puede sobrepasar fácilmente los treinta mil dólares. Ahora imagínense las curvas de oferta y demanda: el costo del productor no alcanza los diez mil dólares el kilo, mientras que el costo para el comprador está por encima de los treinta mil. Es como si el gobierno le pusiera un impuesto del 300% o del 400% a la cocaína, solo que en este caso las ganancias del impuesto van a las cuentas de los socios mejicanos, de los socios colombiano, pero sobretodo, a los bancos americanos. El impuesto, o visto de otra manera, el permiso de cobrar un precio excesivo, lo dan tres palabras que son política de estado: War on Drugs.

En macroeconomía se aprende que al final, ingresos y gastos dentro de una economía son lo mismo, porque los que es ganancia de uno es gasto de otro, y así. Entonces imagínense el motor que representa un negocio tan astronómico como el narcotráfico para la economía americana. La plata que le entra al “soldado” que vende crack en las calles, al líder de los vendedores, al gerente del negocio en la ciudad, y así hasta llegar no se a donde (y ese es el gran problema, que muy seguramente llega muy alto), se convierte en un rio de oro que inunda los Wall Marta, los Sport Authority, los KFC, los Marriot y toda la industria del consumo en Estados Unidos. La gente no investiga quien le compra el yate o el apartamento, y muy seguramente, carentes de la cultura del traqueto latino, todos saben que si pagan impuestos se evitan problemas.

Eso sin tener en cuenta el otro lado del negocio, que es venderles aviones fumigadores, armas y tecnología de punta a los países productores, para combatir el narcotráfico. Los fumigadores se oponen a la legalización, piden tiempo para derrotar a los drug lords y así aumentan la falla del mercado, que es una grieta inmensa y rígida. Las capturas de la DEA en Chiapas son una excusa para subir el precio de la coca, para aprovechar la inelasticidad precio de la demanda, porque los dealers saben de economía y los de la DEA parece que no.

Ahora, hay capos pequeños, que traen sus kilitos a Nueva York, pero como mover semanalmente kilos y kilos desde el sur hasta el norte no es tarea fácil, es probable que haya economías de escala. Es probable que todo el narcotráfico sea un oligopolio, conformado por campesinos, narcos, mulas, dealers, abogados, economistas, ingenieros, políticos, empresarios y banqueros, graduados de la “Calle”, de la Modelo, de Harvard y de Yale. Los tentáculos del oligopolio pueden ser inmensos: en periódicos, en televisión, en el congreso. La mejor campaña es a favor de la ilegalidad, porque de ahí viene el valor agregado, ahí está el toque de Midas. Entonces salen voces en la radio y en las revistas que abogan por la ilegalidad de las drogas, por la salud de los jóvenes, y llegan al Capitolio ejecutivos que promulgan una lucha sin cuartel contra el narcotráfico, y las voces falsas, compradas y drogadas, se mezclan con las verdaderas, las de mamás, de cristianos, de médicos y políticos que sufren. Al final la legalización es un imposible, pero no por razones de salud pública, ni morales, sino por razones económicas, porque el país más industrializado del mundo y también el más democrático, es adicto al tráfico ilegal de drogas.

Todo por supuesto, es pura especulación