De la teocracia a la tecnocracia

Por: Alejandro Forero Rojas

Se acaba el gobierno que se peleó con la academia y se agarró con el Banco de la República -baluarte de la tecnocracia- a quien acusó de “no escuchar al pueblo Colombiano”. El gobierno Uribe revertió la tendencia tecnocrática inaugurada por el aperturismo del gobierno Gaviria, politizando las decisiones económicas mientras se amparaba en la tesis del Estado de Opinión. Ejemplos de ello fueron las dádivas y subsidios a la Agro-Ingreso Seguro, las exenciones al capital y el derroche procíclico del Fondo de Estabilización Petrolera.

La tendencia tecnocrática se ha recuperado vigorosamente con los nombramientos hechos por el Presidente Santos: Juan Carlos Echeverry en Minhacienda, Mauricio Santamaría en Protección Social, Hernando Jose Gómez en el DNP y Carlos Rodado en Minminas, todos ellos con PhD en economía. El gabinete de 13 ministros, del cual 5 son uniandinos, ha sido catalogado como un “dreamteam”, al que algunos críticos le añaden la coletilla de “neoliberal”. La tecnocracia está en sus 15 minutos de fama.

Omitiendo las ventajas de esta tendencia, quisiera más bien mencionar los peligros de este platónico “gobierno de sabios”. El primero de ellos es que a pesar de que la tecnocracia aclara el debate al formalizar las posiciones, puede volverlo más oscuro para los profanos, haciéndolo excluyente. Esto es algo que nos gusta a los economistas pero que no es bueno para la democracia ni necesariamente produce las mejores políticas.

El segundo riesgo es que la tecnocracia puede y suele esconder razones políticas en argumentos técnicos. Mientras que en el discurso político es posible elucidar posiciones éticas, el argumento técnico pareciera ser ajeno a estas, lo cual no siempre es cierto. Es difícil distinguir la política económica de la economía política.

El tercer peligro es que los tecnócratas, especialmente los economistas, tienen preferencias reveladas por los modelos y lo cuantificable. Desgraciadamente, aspectos como la equidad y la distribución no suelen entrar en nuestros modelos, por lo que necesitan de una intención política para justificarlos. Este es el sonado caso de Carimagua, donde la eficiencia- criterio técnico por excelencia- se enfrentó con la equidad, provocando un resultado injusto.

Finalmente, la academia tiene tiempo y recursos que vis- à-vis la política parecieran ilimitados. En efecto, las decisiones políticas se toman en escenarios de incertidumbre y urgencia, donde, como en los negocios, a veces la intuición, la experiencia o la suerte pueden definir el resultado bueno o malo de una política.