Querido Watson: ¡estás despedido!

Por: Eduardo García Echeverri

Es un error capital teorizar sin poseer datos. Insensiblemente se comienzan a deformar hechos para que encajen en teorías, en lugar de encajar teorías en los hechos.”
-Sherlock Holmes

Sonrojada, como el doctor Watson, debería estar la economía en muchos campos ante esta aguda crítica del legendario detective inglés. Hemos desgastado nuestros sesos resolviendo las más indómitas ecuaciones diferenciales, desempolvando los más recónditos teoremas para nuestras exóticas disertaciones numéricas; hemos axiomatizado más que ninguna otra ciencia social, incluso ganándole a algunas ciencias naturales, hemos demostrado, teorizado, optimizado, conjeturado. Hemos sudado. Es innegable que este trajín ha traído grandiosos avances en diversas áreas, no obstante, hemos de reconocer, en otras sólo ha dejado tableros bellamente decorados. Seguramente como esta columna bellamente decorará una revista. ¿Ha valido tanto esfuerzo?

En este artículo quiero traer como ejemplo el tema del desempleo. Son muchísimas las cosas, elementales mi querido Watson, que no conocemos de él. Comenzando el bochornoso inventario, no existe un indicador de síntesis que mida cuál es la desincronización de nuestros centros de estudios y las empresas demandantes de mano de obra. Esto es: qué tanto se corresponden las vacantes que tienen/crean las empresas cada año con el número de egresados en las distintas áreas. Sabrán los astros. Existen indicadores, como la tasa de desempleo por carrera, que se calculan muy esporádicamente, rara vez para todas las carreras, rara vez en Colombia, y que abordan el problema de manera indirecta. Una propuesta heurística y a lo mejor un poco ingenua sería: tomar los excesos porcentuales de oferta o demanda en cada área (según egresados y vacantes creadas anualmente), sumarlos ponderados por el peso de cada oficio en la masa de egresados y voilà: Habemus Indicador. Este sería una variable de flujo anual que oscilaría entre 0, perfecta sincronía entre centros de estudio (incluyendo la universidad de la vida) y firmas, y 1 en caso de nula coincidencia entre dichos. Su variable stock vendría de un proceso análogo, tomando todas las vacantes y egresados disponibles por oficio en una economía, calculando sus respectivos excesos de oferta o demanda y sumarlos ponderados por su respectivo peso en el mercado laboral. Encontrar información de las vacantes requeriría una encuesta empresarial de magnitud similar a la de hogares, y, como de Supuestos a The Economist hay unos cuantos millones de lectores, probablemente pase algún tiempo. No obstante, para probar que lo que se propone no es una quimera, invito al lector a que ingrese al empleo.com y constate que existen los datos en bruto de vacantes para un sinnúmero de oficios. Estos constituyen una mina hasta ahora inexplorada de potenciales indicadores. Conan Doyle nos aplaudiría.

Una virtud adicional de este indicador es que esclarecería el problema del desempleo friccional, ya que nos diría, a grosso modo, cuántas de estas vacantes podrían ser ocupadas por la fuerza laboral desempleada. Dándole un uso crítico a la imaginación, podríamos calcular una hipotética tasa de desempleo asumiendo que estas vacantes se llenaran.

Otro indicador útil sería uno que estimara qué porcentaje de trabajos son susceptibles a salarios de eficiencia y en qué medida. Con esto se podrían ponderar y calibrar los modelos existentes dentro de todo el mercado laboral. Basados en ciertos oficios podríamos estimar los parámetros específicos del modelo en cuestión (véase Ball y Romer por ejemplo) y así darle una pulida empírica a éste. Son muchas ideas para tan pocas palabras, pero quizás en un futuro no hablemos del desempleo, sino de los desempleos, el friccional, de salario mínimo, de eficiencia, etc con mucha mayor propiedad cuantitativa de la que se tiene hasta ahora. En conclusión las pistas a este caso parecen no estar sólo en los tableros mi querido Watson.