Excluidos de las cuentas

Por: Jorge Andrés Ramón Salas

En Colombia el trabajo de un ama (o amo) de casa, a pesar de ser idéntico e inclusive más productivo que el que puede llegar a desempeñar una empleada doméstica o una niñera en el mismo hogar, no es reconocido ni visibilizado de la misma manera.

En el país son bien conocidos los efectos económicos de un paro agrario, de un paro de transportadores o de un paro judicial. Sin embargo, imaginemos un por instante una realidad en donde las personas que dedican su tiempo a los oficios del hogar decidieran decretar de manera conjunta un cese de actividades. ¿Qué le pasaría a la economía de este país o a la de cualquier otro en una situación similar?  De manera especulativa, no obstante intuitiva, sería posible afirmar que si los millones de trabajadores de tiempo completo que actualmente participan en actividades ajenas al oficio doméstico no tuvieran su ropa lavada, su vivienda aseada, su comida preparada y sus hijos bajo cuidado, se verían de inmediato obligados a reducir las horas de trabajo que ofertan para suplir dichas necesidades, viendo así afectados sus ingresos y posteriormente su capacidad de consumo; en últimas, poniéndole en agregado un freno profundo a la economía.

Lo anterior por supuesto resulta tan hipotético que, probablemente, por esa razón no se le da al trabajo doméstico la relevancia y visibilidad que merece. Empero, la cuestión radica en que a pesar de no pasar directamente por el mercado laboral, este tipo de labor resulta generar tanta riqueza y ser tan productiva como muchas otras actividades con mayor visibilidad. Con el fin de justificar dicho argumento, se vuelve imperativo dar una mirada crítica a los datos, que son finalmente los que muestran de forma contundente la importancia implícita de la actividad en cuestión, comprendida en lo que técnicamente se conoce como economía del cuidado.

Un estudio realizado en 2013 por las economistas Ximena Peña (profesora asociada de la Facultad de Economía de la Universidad de los Andes) y Camila Uribe encontró que, de ser incluido en las cuentas nacionales, el trabajo doméstico equivaldría al 19,3% del Producto Interno Bruto (PIB), cifra ligeramente inferior a la del gasto público (19,4%) y superior a la de las exportaciones (16,3%)[1]. Ahora bien, echando un vistazo a aquello que se oculta detrás la estadística, se logra evidenciar una más de las tantas desigualdades que imperan en Colombia: la desigualdad de género.

Actualmente, 9 de cada 10 mujeres dedica una parte de su tiempo al trabajo doméstico todos los días, invirtiendo en promedio más de 7 horas diarias a dicha actividad. En contraste, 6 de cada 10 hombres dedican parte de su tiempo a los oficios del hogar durante un promedio de 3,16 horas al día. Así las cosas, a pesar de que las mujeres dedican un tiempo menor al trabajo en el mercado laboral (lo cual a simple vista daría pie para pensar que en Colombia los hombres trabajan más), ellas trabajan en agregado un promedio de 11 horas semanales más que ellos, equivalentes a 24 días de trabajo en un año con sus días y sus noches. Teniendo en cuenta lo anterior, es posible afirmar que así como las cuentas nacionales pueden estar subestimadas, las estadísticas del mercado laboral podrían estar evidenciando una situación ligeramente distinta a la realidad.

Según el último boletín técnico emitido por el DANE, durante el cuarto trimestre del 2014 la tasa de desempleo de las mujeres se ubicó 4,6 puntos porcentuales por encima de la de los hombres (6,1% y 10,7% respectivamente). Adicionalmente, el 57,7% de las mujeres inactivas se dedicó a los oficios del hogar, mientras sólo un 7,5% de los hombres lo hizo. Estas cifras esconden dos problemas fundamentales en la manera como se concibe el mercado laboral en Colombia. En primer lugar, se están asumiendo inactivas a personas que dedican su tiempo al desarrollo de actividades productivas mientras se contabilizan como ocupadas a otras personas que desempeñan la misma actividad. En este sentido, si en un hogar específico un ama de casa es quien se dedica a las actividades del cuidado, su trabajo no es contabilizado y se le considera inactiva. No obstante, si en el mismo hogar se contrata a una empleada doméstica para que desempeñe las mismas labores, su trabajo sí será contabilizado y haría parte de la población ocupada. En segundo lugar, un número importante de personas, en su mayoría mujeres, trabajan sin remuneración y privadas de los beneficios que brinda el mercado laboral al no estar formalmente vinculadas al mismo. Es decir, estas personas no tienen ni la más remota posibilidad de acceder a primas, vacaciones pagas, cesantías, bonificaciones y lo más importante: una pensión.

Sin embargo, los datos podrían reflejar una realidad considerablemente distinta. Según cálculos propios a partir de la Gran Encuesta Integrada de Hogares del tercer trimestre de 2014, si se incluyera a las personas que se dedican a los oficios del hogar dentro de la población ocupada, la tasa de desempleo se reduciría al 4,95%, casi la mitad de lo que actualmente se reporta. Adicionalmente, teniendo en cuenta que es el trabajo femenino aquel que impulsa en mayor medida esta disminución en la cifra, la brecha de desempleo entre hombres y mujeres podría reducirse de manera importante.

El presente artículo busca darle una mayor visibilidad y reconocimiento al trabajo doméstico, evidenciando a partir de cifras una realidad en dónde este último constituye una parte importante del mercado laboral y la actividad económica en sí misma. No obstante, aún hay un camino importante por recorrer en el establecimiento de reglas y políticas claras que permitan a los protagonistas de la economía del cuidado disfrutar de los beneficios a los que debería tener derecho todo trabajador indispensable, comprometido y productivo en cualquier lugar del mundo.

Nota al pie

[1] Fuente: Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE).

Bibliografía

Peña, X. & Uribe, C. (2013). Economía del cuidado: valoración y visibilización del trabajo no remunerado. Serie Documentos Cede, 2013-27. Universidad de los Andes – Facultad de Economía – CEDE.